Titulares

martes, 3 de marzo de 2026

La humildad y humanidad de nuestro mando policial y militar


Por: Juan Manuel Morel Pérez
Twitter @ElgranMorel


Cada 2 de marzo, la misa aniversario de la Policía Nacional se convierte en un espacio de memoria, tradición y encuentro. Asisto cada año, no solo por invitación, sino también por un legado familiar que me vincula profundamente con esta ceremonia. En esta ocasión, más allá de la solemnidad de la eucaristía, lo que se reveló fue la esencia del mando policial y militar: una autoridad que no se ubica en un pedestal de ego, sino que se manifiesta como presencia humana, cercana y de carne y hueso. Muy distinto a lo que sucedía años atrás, cuando acercarse a un comandante de fuerzas requería intermediarios y protocolos rígidos que alejaban a la ciudadanía de sus líderes.

Este año confirmé, una vez más, que la autoridad auténtica no se siente en las nubes, sino que camina junto a los demás. El saludo fraterno del recién ascendido general César Ares, quien no perdió tiempo en darme un abrazo y reconocer que la actual gestión necesita el apoyo de toda la sociedad, fue un gesto que habla de liderazgo compartido y consciente de su responsabilidad. La deferencia del inspector general de las Fuerzas Armadas, mayor general Delio Colón —mi maestro en la Escuela de Derechos Humanos—, quien aún acompañado del Estado Mayor coordinador se detuvo para llamarme, saludarme y recordarme una visita pendiente, reafirma que la jerarquía no debe ser barrera para la cercanía ni para la memoria de los vínculos humanos.

La humildad intacta del Director General de la Policía, el mayor general Andrés Modesto Cruz Cruz, con quien compartí años de formación en la Maestría de Seguridad y Defensa, consolidó una hermandad sin fecha de vencimiento. El trato del general Esteban Figuereo, subdirector general de nuestra policía, como siempre, habla por sí solo: un cariño enorme que no necesita palabras. De igual forma, el mayor general Francisco A. Ovalles Pichardo, quien me recordó que también fue mi maestro, mantiene la calidad y categoría que lo distinguen, demostrando que la enseñanza y la guía no se pierden con el paso del tiempo, sino que se transforman en legado vivo.

Estos gestos, que podrían parecer simples en otro contexto, cobran un valor simbólico en tiempos donde la institucionalidad enfrenta desafíos de credibilidad. La misa no es solo un acto religioso, sino un recordatorio de que las instituciones se sostienen en personas reales, capaces de mostrar humanidad en medio de la jerarquía, con temor a Dios y con valores como cercanía y solidaridad. Son principios que, cuando se poseen, ninguna jerarquía ni función puede amilanar. El mando que inspira no es el que se impone desde la distancia, sino el que se acerca, saluda y reconoce al otro como igual. Es en esos detalles donde se construye confianza, se fortalece la legitimidad y se renueva el pacto social entre instituciones y ciudadanía.

Sobre el autor:

Abogado, Magister en Seguridad y Defensa Nacional, Especialista en Derechos Humanos y Derecho Internacional humanitario, doctorando en derecho Administrativo iberoamericano, Coordinador del Observatorio de Seguridad y Defensa-RD

 j.morelperez@gmail.com

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