Por: José Domingo Arias (Gen. de Brig. (r) ERD)Hablar de la Era de Trujillo obliga a mirar el papel de las Fuerzas Armadas. No solo porque fueron uno de los pilares de la dictadura, sino porque durante ese período se produjo una transformación profunda del aparato militar dominicano. El país pasó de una fuerza de origen constabulario, creada bajo la ocupación norteamericana, a unas Fuerzas Armadas más organizadas, más visibles, con mayor presencia territorial y con capacidad de operar por tierra, aire y mar.
El punto de partida está en 1917, con la creación de la Guardia Nacional Dominicana durante la ocupación militar de Estados Unidos. Aquella fuerza no nació como un ejército tradicional para defender al país de amenazas externas, sino como un cuerpo destinado al orden interno, la vigilancia, el patrullaje y el control territorial. Esa marca de origen fue decisiva: el aparato armado moderno dominicano nació muy ligado a la idea de controlar el territorio y garantizar el orden político.
Trujillo ingresó a esa estructura en 1918. Su formación militar inicial ocurrió dentro de una fuerza creada bajo la lógica de la ocupación, donde pesaban la disciplina vertical, la obediencia al mando, el patrullaje rural, la inteligencia local y el control del orden interno. Más tarde, esa Guardia Nacional cambiaría de nombre y estructura hasta convertirse en Ejército Nacional, pero conservaría muchos rasgos de su matriz original.
Cuando Trujillo llega al poder en 1930, encuentra un Ejército ya organizado, jerarquizado y útil para el control del país. Su prioridad fue asegurarse de que esa institución respondiera a él. Los ascensos, destinos, privilegios y cancelaciones comenzaron a depender de la confianza del Jefe.
El uniforme se convirtió en vía de prestigio y cercanía al poder, pero también en símbolo de subordinación política.
Durante su régimen, las Fuerzas Armadas crecieron de manera notable. Se expandieron cuarteles, destacamentos y comandancias; se reforzó la presencia en provincias y zonas rurales; se militarizó la frontera; se fortaleció la logística, la infraestructura y la capacidad de respuesta. También se desarrollaron la Aviación Militar y la Marina de Guerra, lo que permitió al régimen proyectar poder no solo en tierra, sino también en el aire y el mar.
Ese crecimiento tuvo una finalidad política clara. Las Fuerzas Armadas no fueron utilizadas solamente para defender el país. Fueron convertidas en el principal sostén del régimen. La seguridad del Estado se confundió con la seguridad de Trujillo. La vigilancia de opositores, el control de reuniones, la presencia militar en las comunidades y la respuesta frente a expediciones antitrujillistas formaron parte de una misma lógica: proteger la permanencia del poder.
También hubo una dimensión simbólica. Desfiles, ceremonias, uniformes, aviones, buques, tropas formadas y equipos militares sirvieron para proyectar una imagen de orden, modernidad y autoridad. El poder militar no solo se ejercía; también se exhibía. Era parte de la imagen pública del régimen.
La contradicción es evidente. Trujillo fortaleció materialmente las Fuerzas Armadas: las hizo más grandes, más organizadas y modernas para su época. Pero ese fortalecimiento no estuvo acompañado de una cultura institucional sana, entendida en términos simples como una práctica donde la lealtad principal sea a la ley, al Estado y al país, no a una persona, a un grupo o a un jefe político.
Por eso, cuando Trujillo muere en 1961, queda al descubierto el problema. Había un aparato militar fuerte en armas, pero débil en reglas claras, en autonomía profesional y en obediencia a un orden civil legítimo. La crisis posterior, el golpe de Estado de 1963 y la Guerra de Abril de 1965 no pueden explicarse sin tomar en cuenta esa herencia.
Pero esa herencia no pertenece solo al pasado. Es cierto que las Fuerzas Armadas actuales no son las de Trujillo, ni vivimos bajo el aparato cerrado y personalista de aquella dictadura. Han pasado décadas, ha habido reformas, nuevas leyes, más formación profesional y un contexto democrático muy distinto. Sin embargo, ciertos reflejos todavía persisten, aunque en menor escala.
Basta escuchar las quejas frecuentes de soldados y oficiales sobre ascensos, traslados, cancelaciones, favoritismos y padrinazgos. La Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas contempla juntas de evaluación de ascenso y evaluación del desempeño como parte de la carrera militar; además, el propio Ministerio de Defensa mantiene manuales y publicaciones oficiales vinculadas a esos procesos. Sin embargo, cada cierto tiempo resurgen inconformidades públicas sobre la transparencia de ascensos y retiros, lo que revela que la brecha entre la norma escrita y la percepción interna sigue siendo un tema sensible.
También está el problema de la riqueza inexplicable y los escándalos de corrupción vinculados a mandos militares y policiales. Reportes periodísticos han señalado a militares y policías en investigaciones por corrupción, lavado de activos y redes de sobornos, incluyendo casos asociados a operaciones como Coral y Coral 5G. Ese tipo de hechos alimenta la percepción de que el viejo reflejo de convertir el mando en privilegio no ha desaparecido del todo.
Ese es el punto central: no se trata de afirmar que las Fuerzas Armadas actuales sean una continuación directa del trujillismo. No lo son. Se trata de reconocer que algunas prácticas heredadas —la dependencia del poder, el uso discrecional de ascensos y traslados, la búsqueda de protección política, el privilegio de ciertos mandos y la debilidad de los controles internos— siguen apareciendo como problemas reales.
Por eso, si queremos modernizar de verdad las Fuerzas Armadas, no basta con comprar equipos, construir instalaciones, cambiar uniformes o crear nuevas estructuras administrativas. La modernización real exige terminar de desmontar esa herencia. Implica que los ascensos dependan del mérito, que los traslados respondan a necesidades del servicio, que las cancelaciones estén debidamente justificadas, que la riqueza de los mandos sea transparente y que ningún militar necesite un padrino para avanzar en su carrera.
La gran lección histórica es clara: Trujillo fortaleció materialmente las Fuerzas Armadas, pero dejó una cultura de mando que subordinó la institución al poder personal. Si queremos unas Fuerzas Armadas plenamente modernas, profesionales y respetadas, el desafío no es solo tener más recursos; es asegurar que la lealtad principal sea siempre hacia la ley, la institución y la nación. Ahí comienza la verdadera modernización militar dominicana.
Sobre el autor:José Domingo Arias (Gen. de Brig. (r) ERD), además es docente, miembro del Observatorio De Seguridad, Defensa y Geopolitica RD
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