Por: Emiliano Reyes Espejo
ere.prensa@gmail.comCasandro nunca pensó vivir una experiencia tan inusual y perturbadora a tan temprana hora del día. Eran la siete de la mañana y se desplazaba a pie, presuroso, por calles y callejones para llegar a tiempo al reputado liceo público “
Pedro Henríquez Ureña”, en la ciudad de Barahona, donde recibía docencia a nivel secundario.
Casi siempre llegaba sudoroso.En esa época, ya Barahona había sido bautizada como la
“La Perla del Sur” por su exuberante belleza y sus riquezas naturales.
Los padres de jóvenes que procedían de municipios y comunidades cercanas se trasladaban a vivir aquí para garantizar una buena preparación a sus vástagos. Éstos fueron atraídos por el ambiente económico, las amplias avenidas y calles, pero esencialmente, por la calidad de la enseñanza que se impartía en los centros escolares de esta ciudad,
Casandro fue uno de esos jóvenes agraciados por esta decisión de sus progenitores.
Se había adaptado perfectamente a su nuevo ambiente. El entusiasmo era desbordante. No solo acudía al liceo sino que, además, estudiaba secretariado en un emblemático colegio del lugar y la carrera técnica de mecánico industrial (tornero) en el recinto de la Escuela Vocacional de las Fuerzas Armadas.
Los viernes, en horas de la tarde, en vez de regresar a su casa, Casandro salía a hurtadillas para disfrutar a la playa cercana al ingenio del Batey Central, con su entrañable, inolvidable e inteligente amigo Javier. El padre de Javier laboraba allí y siempre los aguardaba, sonriente y con alegría desbordante. Ignacio, un obrero fabril que rebosaba bondad, sentía una enorme satisfacción por el hecho de que su hijo le visitara a su lugar de trabajo acompañado de un compañero de estudio. Los recibía con esas sonrisas desbordantes que surgían de un alma noble. Además, siempre les tenía lista una enorme jarra llena de “guarapo de caña”, una funda de “pan de agua” y hielo. Preparaba un rico guarapo ligado con los limones que Javier y Casandro llevaban en los bultos de la escuela. Hacían todo un ceremonial para tomar aquella mezcla divina preparada con tanto amor por el padre de Javier. De esa mixtura salía un jugo que saborean como si fuera una bebida exquisita, la cual acompañaban de
“sabrosos pan de agua” que consumían hasta saciarse las panzas.
Después de allí se iban a la imponente playa, ubicada en las cercanías del ingenio y próxima al muelle, donde se daban deliciosos baños. Todo un deleite, ver desde allí un impresionante ocaso del sol, el cual, mientras escondía sus rayos a lontananza, se sumergía timorato, proyectando sus últimas luces brillantes sobre las tranquilas olas del mar.
Se daban sus acostumbrados chapuzones, después de beber un delicioso jugo de guarapo de caña con limón, cuando apareció un extraño diminuto, pero parlanchín, un enano. De inmediato se integró a ellos para disfrutar las cálidas aguas del mar Caribe. El enano, quien dijo llamarse Pericles, lo esperó cada viernes. Según pasaron los días, éste ya no esperaba que les brindaran, sino que les exigía compartir raciones del guarapo de caña con limón, a lo que Javier y Casandro accedieron sin problema. Pero resultó que Pericles se comportó cada vez más exigente, iracundo, y con frecuencia, éste le enrostra a Javier un alegado rechazo, indiferencia hacia su persona, alegando que se le marginó por su condición de ser enano.
Un día llegó histérico y comenzó a insultar a Javier, sin ninguna razón. No entendían ese comportamiento. La situación llegó a un punto que éstos tuvieron que pedirle que no volviera a ese lado de la playa, y así ocurrió, no volvieron a verlos jamás.
-
“No te preocupes, es mejor que no venga. He oído decir que ese tipo es un pájaro de mal agüero”, dijo Javier al notar su ausencia.
Después de esa experiencia, Casandro comenzó a recelar de los enanos, les cogió hasta cierta animadversión, algo inexplicable en una persona empática y afable como él.
La enana y el giganteEn uno de esos días de la cotidianidad, Casandro caminaba desde su casa hasta al liceo. En el trayecto a éste le pasó algo que le causó una inolvidable impresión. Vio un visaje, una imagen de las que la gente cree que no son de verdad. Se dirigía al liceo desde la calle Uruguay, donde vivía; atravesaba por calles y callejuelas para estrechar rutas y llegar a tiempo a sus clases.
El joven estudiante vio como en uno de esos callejones había un hombre alto, fornido, sentado en una silla con una “niña” entre las piernas, mientras hacía disimulados movimientos pélvicos. La escena era pecaminosa. En principio, Casandro se sintió abrumado y volvió a mirar. Pero en eso “el gigante se puso de pie” y sin ningún pudor, afloró en él su parte pudenda y su órgano masculino en plena erección. Entonces entendió que este hombre insensato no estaba allí con una “
niña”, sino que aquel cuerpo menudo era realmente el de una enana. Al ver a Casandro, el hombre enfureció, cargó a la enana y la colocó en la silla. Ahí comenzó, cuchillo en mano, una presurosa persecución contra Casandro, quien llegó al liceo jadeante y asustado, mirando en todas las direcciones porque creía que aquel hombre fortachón de más de seis pies de estatura aún le perseguía.
-“Era una fuñía enana”, se dijo dentro de sí. No tuvo valor de contar este hecho que le había conmovido ni a su amigo Javier, engulló para sí la tétrica historia del gigante y la pequeña mujer.
Terminados sus estudios secundarios, tanto Javier como Casandro se trasladaron a Santo Domingo donde cursaron carreras universitarias. Javier se inclinó por la contabilidad y desarrolló un exitoso ejercicio profesional en el prestigioso periódico Listín Diario. Extraordinario ser humano, muy inteligente, y su dificultad al caminar, por problemas en una de sus piernas, no fue óbice para su extraordinario desempeño en su campo laboral.
Casandro, en tanto, se dedicó a la comunicación social que estudió en la universidad del Estado, ejerció en periódicos, televisión, radios y en la administración pública.
En el ínterin, Casandro conoció una hermosa joven y se enamoró de ella perdidamente.
Pero surgió un problema. Ella, con cierta frecuencia, le decía a éste que les atraían los hombres pequeños, los enanos. Mariana expresaba, sin ambages, que uno de sus sueños eróticos era tener una experiencia romántica con una persona diminuta de estatura. Él tomaba esas expresiones como “
chanzas”, no dio crédito a ese deseo de su novia, a quien le atraían los enanos.
Terminó rompiendo el noviazgo con Mariana, una mulata de cabello crespo, muy atractiva y codiciada por los hombres. Él no volvió a verla, ni a saber más nada de ella.
El reencuentroCayendo la tarde de un día de abril y estando de regreso del trabajo, esperaba un transporte público en la calle José Martí, de la capital, miró a la acera del frente y su vista se iluminó, había chocado con el cuerpo exuberante de esa mujer imponente, de cuerpo escultural y elegantemente vestida. –
“Pero esa es Mariana”, murmuró, eufórico. Y a seguidas, la llamó repetidamente: -¡
Mariana! ¡Mariana!. Y raudo cruzó la calle, se le acercó efusivo, entablando con ella una animada conversación.
Cuando Mariana se percató de las intenciones de Casandro, le paró en seco y le contó que trabajaba como gerente en un banco, que estaba casada, tenía su hogar y era muy feliz con su pareja.
-“Dios escuchó mis ruegos, Casandro. Recuerda que te decía que soñaba con tener un romance con un enano; pues, se me dio”, refirió –“
Me casé con un enano, un hombre extraordinario como esposo y extremadamente fogoso en la cama”, expresó Mariana. Casandro escuchó atónito, y casi queda sin palabras; apenas salía de sus labios una voz medio apagada que atinó a balbucear:-“
Me alegro, me alegro mucho…”.-“
Te di tu oportunidad y me despreciaste. Me enrostraste que era pobre y fea. No creo que ahora yo pueda interesarte”, dijo Mariana. Casandro quiso pedir perdón, pero ella le cortó en seco, y precisó: -“
No, no Casandro, no tiene que pedir perdón. Soy una mujer felizmente casada y amo a mi esposo. Lo siento por ti, Casandro, sigue haciendo tu vida, ya yo estoy haciendo la mía”.Frente a ellos se detuvo un carro de la época, un Chevrolet “
pescuezo largo”, descapotable. –
“Ah, excúsame, llegó mi esposo y me tengo que ir. Espero que sea feliz”, expresó en su despedida.
Casandro observó el flamante carro del esposo de Mariana y allí estaba el enano. -
“¡Dios mío! Pero es verdad, Mariana se casó con un maldito enano… no quisiera creerlo”, pensó acongojado.
Por su mente pasaron múltiples pensamientos en ese instante. Luego, reflexiona y mira de nuevo al conductor del vehículo. Mariana, entonces, en un gesto de cortesía, los presentó: -“
Él es Pericles, mi esposo; Casandro es un viejo amigo, compañero de estudio en el liceo en Barahona”.Casandro miró a Pericles y le saludó, en tanto les siguieron llegando en fracción de segundos una multiplicidad de recuerdos sobre aquel enano que tanto le importunó la vida en la playa de las cercanías del ingenio.
Mariana se montó en el carro de su esposo, y éste, soberbio, arrancó a toda velocidad en su vehículo.
-“
Pero Dios, es él, el Pericles de la playa”. ¡Odio a ese maldito enano, lo odio! refunfuñó Casandro, lleno de ira.
Con el tiempo, Casandro se dedicó a indagar sobre la vida de su archirrival en el amor. Se encontró con que éste era muy rico, multimillonario. Nadie, empero, podía dar una explicación del origen de esa enorme fortuna. En una ocasión se le asoció a los servicios de seguridad del Estado y que desde esa posición mantuvo en ascuas a las organizaciones de izquierda de la ciudad. En otra versión se decía que éste había encontrado en la playa unos sacos llenos de un “polvo blanco”, se los llevó de manera oculta para su casa y los convirtió en mucho dinero. Otros rumores que circularon en la ciudad atribuían a Pericles ser un “testaferro secreto” de un reconocido narcotraficante, quien murió en la cárcel de La Victoria mientras cumplía condena por negocios ilícitos de estupefacientes.
El autor es periodista.
Emiliano Reyes
www.ereprensa.blogspot.com
Portada