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Adolfina Mejia
noviembre 24, 2025
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Por: Abril Peña
Yo creía —como muchos padres— que no podía entrar con mi hija a una discoteca o a un bar. De hecho, varias veces me ha pasado que en ciertos restaurantes, después de las 6:00 de la tarde, no me permiten entrar con ella porque “a esa hora el ambiente cambia”.
Es decir: dejan de ser restaurantes para convertirse en pseudo–bares donde la música sube, llega el alcohol y los menores quedan fuera.
Por eso me sigue pareciendo tan extraño ver niños en conciertos masivos.
Y peor aún cuando se trata de artistas como Bad Bunny que, aunque es una estrella mundial, trabaja contenidos que ningún menor de edad debería consumir en vivo y sin filtros.
Hablemos claro. Un niño allí puede escuchar en altoparlantes frases como estas :
1. “Ella es callaíta, pero pa’l sexo es atrevida.”
— Callaíta
2. “Si tu novio no te mama el culo, pa’ eso que no mame.”
— Safaera
3. “Hoy se bebe, hoy se gasta, hoy se fuma como un rasta.”
— Safaera
4. “Tú eres una bichiyal, te gusta vacilar.”
— Bichiyal
5. “Quiero verte en cuatro, mami, eso es lo que me mata.”
— Bellacoso (con Residente)
6. “Sola, sola, ella perrea sola.”
— Yo Perreo Sola
Esto es lo que oye un menor en un espectáculo así: sexo explícito, consumo de alcohol y drogas, agresividad, rebeldía vacía, vulgaridad y cosificación. Y eso sin hablar de la exposición directa a bebidas en los alrededores, a sustancias y a escenas que simplemente no son aptas para niños.
Pero no pasa nada. Al parecer, algunos padres entienden que sus hijos tienen la “madurez” para manejar estos ambientes. Tal vez todos creemos que nos la sabemos todas, y sí: en la era del internet es posible que nuestros hijos se sepan las canciones mejor que uno. Pero llevarlos a estos eventos no solo normaliza ese contenido: es darle luz verde, aquiescencia, y decirles que todo eso está bien aunque no estén listos para entenderlo ni contextualizarlo.
El problema de fondo, sin embargo, no es solo la decisión de los padres: es el Estado dominicano.
Es el mismo Estado que prohíbe entrar con una menor de 12 años a un restaurante que se convierte en bar después de las 6:00 p. m., pero sí me permite entrar a un estadio con miles de personas, alcohol por todos lados… y bebés aún en carriola.
El mundo al revés. Luego queremos reducir el embarazo adolescente, la sexualidad temprana, las conductas de riesgo, la bebedera, los “ninis” y toda la larga lista de problemas que el propio sistema incentiva. Queremos milagros, pero practicamos la permisividad absoluta.
Y así no hay forma. No hay forma de pedir resultados cuando nuestras normas, nuestras instituciones y nuestras decisiones como padres caminan exactamente en dirección contraria a lo que decimos querer.

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