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miércoles, 29 de abril de 2026

La Guerra De Los Seis Años: La Tercera Gran Defensa De La Soberanía Dominicana


Por: José Domingo Arias (Gen. de Brig. (r) ERD)

Mucho más que una guerra civil entre caudillos, el conflicto de 1868 a 1874 fue una de las más delicadas crisis de supervivencia nacional del siglo XIX y el momento en que la República volvió a enfrentar el riesgo de perder el control de su destino.

Con motivo de una conferencia que recientemente me correspondió impartir en el Diplomado de Historia Militar de la Escuela de Graduados de Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de la República Dominicana, me vi precisado a revisar con detenimiento la Guerra de los Seis Años. Debo admitir que el ejercicio me condujo a una convicción distinta: pocas veces hemos sido tan injustos con un episodio histórico de tanta trascendencia.

Durante años este conflicto ha sido presentado como una simple prolongación del enfrentamiento entre Buenaventura Báez y sus adversarios liberales, como otro capítulo del viejo caudillismo dominicano. Pero cuando se examinan sus causas reales, el contexto internacional y la magnitud de la resistencia que generó, resulta evidente que entre 1868 y 1874 no se ventiló únicamente una lucha por el poder; se ventiló la posibilidad de que la República Dominicana volviera a perder el control soberano de su destino.

En nuestra memoria histórica hay guerras que ocupan con justicia un lugar sagrado: la Independencia, porque nos dio nacimiento político, y la Restauración, porque nos devolvió la nacionalidad amenazada por España. A esa secuencia de grandes defensas nacionales hay que añadirle otra confrontación que todavía no recibe la dimensión que merece: la Guerra de los Seis Años, que fue en esencia la tercera gran defensa de la soberanía dominicana.

Cuando Buenaventura Báez regresó al poder el 2 de mayo de 1868 encontró un país exhausto, con instituciones débiles, finanzas precarias y una autoridad estatal fragmentada. Sobre ese escenario volvió a imponerse el viejo personalismo: centralización del mando, represión del adversario y subordinación de las instituciones a la voluntad del gobernante.

Y aquí aparece la primera advertencia de esta historia: los países no comienzan a perder la soberanía cuando un ejército extranjero pisa sus fronteras; comienzan a perderla cuando sus propias instituciones dejan de ser capaces de sostener autonomía política.

Báez entendió muy pronto que no podía sostenerse con legitimidad interna suficiente. Su respuesta no fue fortalecer el Estado, sino buscar afuera lo que no podía garantizar adentro.

Así nació la apuesta anexionista.

El interés norteamericano por asegurar una posición naval en la Bahía de Samaná terminó articulándose con el tratado firmado el 29 de noviembre de 1869, mediante el cual se procuraba la anexión de la República Dominicana a la Unión Americana junto con facilidades estratégicas sobre Samaná. Para Ulysses S. Grant, Santo Domingo era una plataforma marítima de enorme valor para la proyección estadounidense en el Caribe; para Báez, era la posibilidad de sostener su gobierno bajo el amparo de una potencia.

Y ahí estuvo el verdadero drama: no era simplemente un presidente impopular buscando respaldo internacional; era una élite gobernante dispuesta a colocar el destino de la nación en manos extranjeras para preservar su permanencia política.

La reacción fue inevitable. En el Sur comenzaron los levantamientos; José María Cabral articuló la resistencia política; Gregorio Luperón consolidó el empuje militar del Cibao; y poco a poco el país entró en una guerra de desgaste que hizo imposible una victoria concluyente del gobierno. Guerrillas móviles, apoyo campesino, dispersión de tropas y erosión constante del aparato fiscal fueron llevando al baecismo a un progresivo agotamiento.

El tesoro se vació, la deuda aumentó, la represión amplió el rechazo y el régimen todavía ocupaba el Palacio, pero ya no dominaba la nación.

El golpe definitivo llegó el 30 de junio de 1870, cuando el Senado de los Estados Unidos rechazó ratificar el tratado de anexión. Washington cerró la puerta y dejó al baecismo sin su última salida geopolítica. Sin respaldo internacional, sin paz interna, sin finanzas sanas y sin legitimidad social, el gobierno de Buenaventura Báez entró en una agonía irreversible hasta su caída el 2 de enero de 1874.

Terminaba así no solo un gobierno. Terminaba el más serio intento del siglo XIX de subordinar la República Dominicana a una potencia extranjera mediante decisión de su propia clase dirigente.

Vista desde hoy, la Guerra de los Seis Años deja tres lecciones que conservan una vigencia inquietante. La primera: sin instituciones no existe soberanía durable. La segunda: la independencia también puede erosionarse desde el poder, cuando una élite pone su supervivencia por encima del interés nacional. Y la tercera: la legitimidad nacional sigue siendo el último escudo de la República, porque fue la resistencia de amplios sectores del país —y no la fortaleza del aparato estatal— la que impidió que la anexión prosperara.

Por eso sigo convencido de que la Guerra de los Seis Años no debe seguir recordándose como una simple guerra civil del siglo XIX. Fue, en rigor, la tercera gran defensa de la soberanía dominicana.

Y acaso su advertencia más vigente sea esta:

la soberanía rara vez se pierde de un solo golpe; comienza a perderse cuando el Estado deja de creer en sí mismo y cuando sus dirigentes empiezan a considerar negociable aquello que el pueblo todavía está dispuesto a defender.
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