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Adolfina Mejia
diciembre 15, 2025
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Por: Juan Manuel Morel Pérez
j.morelperez@gmail.com
Twitter @ElgranMorel
Hubo un tiempo en que la amistad se medía en vasos servidos y en noches compartidas. Bastaba con que alguien dijera “vamos a juntarnos” para que apareciera el vecino, el primo o el compañero de chercha. Una sola botella alcanzaba para cuatro personas y rendía la noche entera, porque lo importante no era la cantidad, sino la conversación, la risa y el pacto silencioso de estar juntos.
Los encuentros se daban en las casas del convocante, sin protocolo ni agenda. La diversión era un derecho, y el brindis espontáneo la manera más sencilla de sellar la confianza. El alcohol, con todas sus contradicciones, fue también mediador cultural: alrededor de una mesa se resolvían diferencias, se fortalecían lealtades, se tomaban decisiones que marcaron familias y comunidades, y se iniciaban grandes proyectos.
El “ayudante de bebida” era más que un acompañante: era símbolo de solidaridad. Su presencia garantizaba que nadie bebiera solo, que la experiencia fuera compartida y que la botella se convirtiera en puente de igualdad.
Hoy, sin embargo, parece que los ayudantes de bebida se han extinguido. Donde antes había un “¡vamos allá!”, ahora abundan las excusas: “mañana madrugo”, “tengo una visita en casa”, “no tengo dinero”. La vida acelerada, las agendas apretadas y la comunicación digital han desplazado la espontaneidad del brindis. Y lo más preocupante: muchos de los que sí acuden al encuentro no lo disfrutan plenamente, porque están más pendientes del WhatsApp y de las redes sociales que del momento compartido. Otros se enfocan en presumir qué beben, olvidando que la verdadera esencia del junte está en la conversación y la complicidad.
No se trata de glorificar el exceso ni de romantizar el pasado, sino de reconocer que esos brindis fueron espacios de construcción de comunidad. Una botella compartida era símbolo de igualdad: todos bebían del mismo fondo, todos participaban de la misma conversación, todos se reconocían como parte de un mismo círculo.
En tiempos de festividades, el ayudante de bebida se convierte en ser necesario. Su rol trasciende al trago y se instala en las parrilladas: ayuda a encender el carbón, a vigilar la carne, a pasar los utensilios y, por supuesto, a mantener viva la conversación. Allí reafirma su rol recordándonos que la celebración no es solo comer y beber, sino compartir tareas, risas y complicidades.
Pero hay que decirlo: el ayudante de bebida de hoy ya no es el mismo. Ahora exige que le paguen el taxi, que le reserven la cena, que le aseguren la botella “de su preferencia” y hasta que le garanticen un buen asiento. La solidaridad se ha transformado en negociación y en especie de derechos adquirido pr la función de aompañante .
Rescatar la tradición es defender el derecho a la diversión sin condiciones, la necesidad de espacios donde la amistad se reafirme sin agenda ni protocolo. Es reivindicar la solidaridad de no permitir que un amigo beba solo. Porque al final, lo importante no es la bebida ni la foto en redes, sino el gesto de compartir y la certeza de que la vida necesita pausas de celebración para seguir teniendo sentido.
El ayudante de bebida no es un personaje menor. Es el componente de la conversación y garante de que la amistad se viva en comunidad. Hoy, cuando la prisa, la virtualidad y las nuevas exigencias amenazan con diluir esos gestos, el compromiso es claro: el acompañamiento etílico es, al final, una expresión de solidaridad que no debemos perder.

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