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Adolfina Mejia
marzo 23, 2026
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Por: José Arias Paredes, General de Brigada (r), ERD
Un error común, que he notado cuando se analiza al presidente Donald Trump, está en confundir su estilo con falta de estrategia. Su actuar abrupto, su lenguaje provocador y su desdén por los códigos diplomáticos tradicionales, han llevado a muchos analistas a concluir que sus decisiones son antojadizas. Pero si hurgamos más profundo podremos ver, que lo que se perfila detrás de muchas de sus iniciativas es una visión de poder bastante definida: Estados Unidos no puede conservar su primacía si permite que sus rivales controlen las rutas de energía, los cuellos de botella comerciales, los minerales críticos y la infraestructura estratégica del siglo XXI. Partiendo de esa lógica, su doctrina no es improvisación; es una política de presión calculada para recuperar supremacía.
La Estrategia que mejor resume esa visión es la de “escalar para desescalar”. O sea, elevar la presión para forzar al adversario a retroceder, recalcular o aceptar un nuevo equilibrio. Bajo Trump, esa lógica antes limitada al campo militar, ahora también se extiende al comercio, a la energía, a los aranceles, a las sanciones, a los puertos, a los canales y a la competencia por territorios con valor logístico o mineral. En otras palabras, Trump ha entendido que la rivalidad contemporánea no se decide solo en los campos de batalla, sino en las arterias viales y comerciales del sistema global.
El objetivo principal de esa doctrina es China. China ha ampliado su influencia no solo con barcos o misiles, sino mediante puertos, cadenas de suministro, refinación de minerales, inversiones logísticas y posiciones en nodos críticos del comercio mundial. La respuesta: impedir que Pekín consolide ventajas duraderas en el mapa físico de la globalización. Ahí radica la coherencia de movimientos que a primera vista parecen dispersos. Panamá, Groenlandia, Irán, Venezuela e incluso la presión sobre Europa.
Europa es, quizá, el escenario donde esta doctrina muestra con mayor nitidez tanto su lógica como sus costos. Desde el mandato anterior, Trump ha insistido en que el continente europeo vivía demasiado cómodo dentro de una arquitectura de dependencia: dependencia de gas barato, dependencia de corredores vulnerables, dependencia de proveedores externos y, cada vez más, dependencia de insumos industriales bajo control chino. Lo cual hace la eurozona vulnerable a restricciones chinas sobre tierras raras y otros insumos clave, y le da un peso dominante a China en el procesamiento de minerales críticos. Es decir, Europa no solo enfrenta fragilidad energética; enfrenta también una dependencia industrial-tecnológica que limita su autonomía estratégica. Lo cual refuerza la tesis de Trump, de que Occidente debe reorganizar urgentemente sus fuentes de suministro y sus alianzas productivas.
La guerra con Irán encaja dentro de ese marco. El Estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los grandes puntos de estrangulamiento del sistema energético global, la Administración de Información Energética de los Estados Unidos (EIA, por sus siglas en Ingles) estimó que en 2024 el 84% del crudo y condensado y el 83% del Gas Natural Licuado (GNL) que pasaron por allí tuvieron como destino Asia; China, India, Japón y Corea del Sur concentraron la mayor parte de esos flujos. Eso significa que una disrupción en Ormuz golpea con fuerza especial a Asia, y por extensión a la seguridad energética china. En ese sentido, la presión sobre Irán no puede leerse solo como una reacción militar: también funciona como una señal de que Estados Unidos todavía conserva la capacidad de alterar corredores cruciales del sistema global.
El caso de Panamá quizá sea el más transparente. la disputa por los puertos de Balboa y Cristóbal, vinculados al conglomerado hongkonés CK Hutchison, fue ampliamente interpretada como parte de los esfuerzos de Washington para frenar la presencia china en torno al canal. Recientemente, Ricaurte Vázquez, administrador del Canal de Panamá informó que este opera a máxima capacidad por el aumento del tráfico de GNL tras la guerra con Irán, especialmente desde puertos estadounidenses, lo que ha reforzado su valor para el comercio energético global. así, Visto así, cuando Trump hablaba de recuperar control o influencia sobre Panamá, no estaba actuando por nostalgia ni por excentricidad: estaba identificando un punto neuralgico donde se cruzan comercio, energía, seguridad y competencia con China.
Algo parecido ocurre con Groenlandia, aunque de manera más estratégica que inmediata. El interés de Trump por la isla ha sido tratado muchas veces como extravagancia, pero esa lectura simplifica demasiado. Groenlandia combina ubicación ártica, valor militar, proyección sobre futuras rutas marítimas y acceso a minerales críticos. Es de todos conocidos que empresas chinas han buscado posiciones en minerales del Ártico, incluidas tierras raras en Groenlandia, y que la competencia por esos recursos tiene implicaciones directas para Occidente y para Europa. Si Trump presiona sobre Groenlandia, no es porque ignore la geopolítica moderna, sino muestra de todo lo contrario, es una muestra de que la toma muy en serio: sabe que el Ártico, los minerales y las rutas emergentes serán parte del centro de gravedad del poder en las próximas décadas.
Siguiendo con la visión de esta estrategia, podríamos entender por qué su política hacia Venezuela puede parecer contradictoria en la superficie y, sin embargo, responder a un patrón bastante consistente en el fondo. En el contexto de disrupción en el Golfo, el hemisferio occidental gano valor como reserva de suministro. Además, de que permitir que un productor energético relevante quede completamente absorbido por la órbita de rivales extrahemisféricos sería, desde la perspectiva de Trump, una cesión gratuita de influencia. En otras palabras, tener a Venezuela de su lado ayuda a: reducir vulnerabilidades de Estados Unidos, reconstruir capacidad de presión y evitar que potencias competidoras llenen vacíos estratégicos cerca de casa.
La pregunta final es si esta estrategia está dando frutos. La respuesta seria es que sí ha producido resultados tangibles. Ha vuelto visible la fragilidad europea; ha elevado el valor estratégico de corredores donde Estados Unidos conserva ventajas; ha dificultado la consolidación china en nodos sensibles como Panamá; y ha obligado a aliados y rivales a pensar otra vez en términos de poder real, no de comodidad posthistórica.
El presidente Trump no está actuando al azar. Está intentando devolverle a Estados Unidos la supremacía en un mundo donde el poder vuelve a medirse por control de rutas, acceso a recursos, dominio de infraestructura crítica y capacidad de imponer costos. No es serio seguir describiendo sus movimientos como simples impulsos personales. Lo que hay detrás es una visión estratégica nítida: reordenar el tablero antes de que China termine de inclinarlo a su favor.
La Estrategia que mejor resume esa visión es la de “escalar para desescalar”. O sea, elevar la presión para forzar al adversario a retroceder, recalcular o aceptar un nuevo equilibrio. Bajo Trump, esa lógica antes limitada al campo militar, ahora también se extiende al comercio, a la energía, a los aranceles, a las sanciones, a los puertos, a los canales y a la competencia por territorios con valor logístico o mineral. En otras palabras, Trump ha entendido que la rivalidad contemporánea no se decide solo en los campos de batalla, sino en las arterias viales y comerciales del sistema global.
El objetivo principal de esa doctrina es China. China ha ampliado su influencia no solo con barcos o misiles, sino mediante puertos, cadenas de suministro, refinación de minerales, inversiones logísticas y posiciones en nodos críticos del comercio mundial. La respuesta: impedir que Pekín consolide ventajas duraderas en el mapa físico de la globalización. Ahí radica la coherencia de movimientos que a primera vista parecen dispersos. Panamá, Groenlandia, Irán, Venezuela e incluso la presión sobre Europa.
Europa es, quizá, el escenario donde esta doctrina muestra con mayor nitidez tanto su lógica como sus costos. Desde el mandato anterior, Trump ha insistido en que el continente europeo vivía demasiado cómodo dentro de una arquitectura de dependencia: dependencia de gas barato, dependencia de corredores vulnerables, dependencia de proveedores externos y, cada vez más, dependencia de insumos industriales bajo control chino. Lo cual hace la eurozona vulnerable a restricciones chinas sobre tierras raras y otros insumos clave, y le da un peso dominante a China en el procesamiento de minerales críticos. Es decir, Europa no solo enfrenta fragilidad energética; enfrenta también una dependencia industrial-tecnológica que limita su autonomía estratégica. Lo cual refuerza la tesis de Trump, de que Occidente debe reorganizar urgentemente sus fuentes de suministro y sus alianzas productivas.
La guerra con Irán encaja dentro de ese marco. El Estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los grandes puntos de estrangulamiento del sistema energético global, la Administración de Información Energética de los Estados Unidos (EIA, por sus siglas en Ingles) estimó que en 2024 el 84% del crudo y condensado y el 83% del Gas Natural Licuado (GNL) que pasaron por allí tuvieron como destino Asia; China, India, Japón y Corea del Sur concentraron la mayor parte de esos flujos. Eso significa que una disrupción en Ormuz golpea con fuerza especial a Asia, y por extensión a la seguridad energética china. En ese sentido, la presión sobre Irán no puede leerse solo como una reacción militar: también funciona como una señal de que Estados Unidos todavía conserva la capacidad de alterar corredores cruciales del sistema global.
El caso de Panamá quizá sea el más transparente. la disputa por los puertos de Balboa y Cristóbal, vinculados al conglomerado hongkonés CK Hutchison, fue ampliamente interpretada como parte de los esfuerzos de Washington para frenar la presencia china en torno al canal. Recientemente, Ricaurte Vázquez, administrador del Canal de Panamá informó que este opera a máxima capacidad por el aumento del tráfico de GNL tras la guerra con Irán, especialmente desde puertos estadounidenses, lo que ha reforzado su valor para el comercio energético global. así, Visto así, cuando Trump hablaba de recuperar control o influencia sobre Panamá, no estaba actuando por nostalgia ni por excentricidad: estaba identificando un punto neuralgico donde se cruzan comercio, energía, seguridad y competencia con China.
Algo parecido ocurre con Groenlandia, aunque de manera más estratégica que inmediata. El interés de Trump por la isla ha sido tratado muchas veces como extravagancia, pero esa lectura simplifica demasiado. Groenlandia combina ubicación ártica, valor militar, proyección sobre futuras rutas marítimas y acceso a minerales críticos. Es de todos conocidos que empresas chinas han buscado posiciones en minerales del Ártico, incluidas tierras raras en Groenlandia, y que la competencia por esos recursos tiene implicaciones directas para Occidente y para Europa. Si Trump presiona sobre Groenlandia, no es porque ignore la geopolítica moderna, sino muestra de todo lo contrario, es una muestra de que la toma muy en serio: sabe que el Ártico, los minerales y las rutas emergentes serán parte del centro de gravedad del poder en las próximas décadas.
Siguiendo con la visión de esta estrategia, podríamos entender por qué su política hacia Venezuela puede parecer contradictoria en la superficie y, sin embargo, responder a un patrón bastante consistente en el fondo. En el contexto de disrupción en el Golfo, el hemisferio occidental gano valor como reserva de suministro. Además, de que permitir que un productor energético relevante quede completamente absorbido por la órbita de rivales extrahemisféricos sería, desde la perspectiva de Trump, una cesión gratuita de influencia. En otras palabras, tener a Venezuela de su lado ayuda a: reducir vulnerabilidades de Estados Unidos, reconstruir capacidad de presión y evitar que potencias competidoras llenen vacíos estratégicos cerca de casa.
La pregunta final es si esta estrategia está dando frutos. La respuesta seria es que sí ha producido resultados tangibles. Ha vuelto visible la fragilidad europea; ha elevado el valor estratégico de corredores donde Estados Unidos conserva ventajas; ha dificultado la consolidación china en nodos sensibles como Panamá; y ha obligado a aliados y rivales a pensar otra vez en términos de poder real, no de comodidad posthistórica.
El presidente Trump no está actuando al azar. Está intentando devolverle a Estados Unidos la supremacía en un mundo donde el poder vuelve a medirse por control de rutas, acceso a recursos, dominio de infraestructura crítica y capacidad de imponer costos. No es serio seguir describiendo sus movimientos como simples impulsos personales. Lo que hay detrás es una visión estratégica nítida: reordenar el tablero antes de que China termine de inclinarlo a su favor.

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