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Adolfina Mejia
marzo 16, 2026
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Por: Ramón A. Rodríguez Veras
La educación dominicana enfrenta una paradoja silenciosa. Mientras el país ha ampliado la cobertura escolar durante las últimas décadas, la calidad educativa continúa siendo uno de los desafíos más urgentes. A ello se suman problemas como el ausentismo, la deserción escolar, la dispersión de centros educativos en comunidades pequeñas y la dificultad para atraer profesores altamente calificados a escuelas aisladas.
El resultado es un sistema fragmentado que, a pesar de la inversión pública creciente, no logra traducir recursos en aprendizaje significativo. Esta realidad obliga a formular una pregunta incómoda pero necesaria: ¿está el país organizando su sistema educativo de la forma más eficiente y eficaz posible?
En muchas zonas rurales de la República Dominicana existen escuelas pequeñas ubicadas a muy corta distancia unas de otras, con pocos estudiantes por aula y, en ocasiones, con profesores que deben impartir varias materias o trabajar en condiciones logísticas complejas. Este modelo presenta varios problemas estructurales: dificulta la disponibilidad de docentes altamente especializados, reduce las oportunidades de aprendizaje colaborativo, limita la oferta de programas académicos y extracurriculares y aumenta los costos operativos del sistema educativo.
Investigaciones sobre reorganización escolar señalan que la consolidación de escuelas pequeñas puede generar economías de escala y mayor eficiencia en el uso de recursos, permitiendo ofrecer mejores instalaciones y programas educativos más completos. Esto no significa eliminar la educación rural, sino reorganizarla para que los estudiantes tengan acceso a centros educativos mejor equipados, con mayor diversidad de docentes y mejores condiciones pedagógicas.
Un ejemplo reciente en América Latina es el programa “Dos Escuelas por Día” impulsado por el presidente Nayib Bukele en El Salvador. Este programa, lanzado en 2025, busca transformar el sistema educativo mediante la renovación o construcción de centros escolares modernos en todo el país. Las intervenciones incluyen nuevas aulas, mobiliario, conectividad, áreas deportivas, comedores escolares y mejoras integrales en la infraestructura educativa.
Hasta 2026, el gobierno salvadoreño reporta más de 500 centros educativos intervenidos, con un enfoque de modernización y dignificación de las escuelas públicas. El objetivo es claro: crear escuelas capaces de ofrecer un entorno de aprendizaje digno y competitivo. Más allá de las particularidades políticas de cada país, el caso salvadoreño muestra una idea clave: la infraestructura educativa puede convertirse en un instrumento estratégico para reorganizar y elevar la calidad del sistema educativo.
A partir de las experiencias internacionales y las particularidades del territorio dominicano, es posible diseñar una estrategia que combine eficiencia, equidad y calidad educativa. Los aspectos a desarrollar serían: 1. Consolidación inteligente de centros educativos. En lugar de mantener múltiples escuelas pequeñas en proximidad geográfica, el país podría desarrollar centros educativos integrados de mayor capacidad que agrupen estudiantes de varias comunidades cercanas. Esto permitiría mayor diversidad de docentes especializados, mejores laboratorios y recursos tecnológicos, programas deportivos y culturales más amplios y mayor eficiencia en el uso del presupuesto educativo. El transporte escolar se convertiría en un componente fundamental para garantizar el acceso desde comunidades rurales.
2. Creación de “escuelas regionales de excelencia”. Siguiendo el espíritu de programas como el de El Salvador, el país podría lanzar un plan nacional de infraestructura educativa que priorice renovación total de centros deteriorados, construcción de complejos educativos modernos, integración de tecnología educativa y espacios de aprendizaje colaborativo. La meta no sería simplemente construir más escuelas, sino construir mejores escuelas.
3. Atracción de docentes altamente calificados. Las escuelas consolidadas permitirían concentrar recursos para atraer profesores con mayor formación académica, ofrecer mejores condiciones laborales y desarrollar equipos docentes multidisciplinarios. Cuando el talento docente se distribuye en demasiados centros pequeños, se diluye su impacto educativo.
4. Integración de educación técnica y formación profesional. Los centros educativos más grandes pueden ofrecer programas técnicos y vocacionales que conecten la educación con el mercado laboral. Esto reduciría significativamente la deserción escolar, especialmente en secundaria.
5. Sistemas de alerta temprana contra la deserción. La reorganización del sistema debe ir acompañada de herramientas de monitoreo que identifiquen estudiantes en riesgo de abandono. Estas herramientas permitirían intervenir antes de que el estudiante abandone definitivamente la escuela.
Si la República Dominicana no aborda estas reformas estructurales, las consecuencias podrían ser profundas. Muchos jóvenes que abandonan la escuela terminan atrapados en un ciclo de empleo informal, bajos ingresos, vulnerabilidad social y limitadas oportunidades de desarrollo. Esto no solo afecta a los individuos, sino también al país en su conjunto, reduciendo la productividad económica y ampliando las desigualdades sociales. Cada estudiante que abandona la escuela representa una oportunidad perdida para el desarrollo nacional.
La discusión sobre educación en la República Dominicana no puede limitarse a debates sobre presupuesto o conflictos laborales. El desafío es más profundo: repensar la arquitectura completa del sistema educativo. Un modelo basado en demasiadas escuelas pequeñas, con recursos dispersos y docentes aislados, difícilmente puede competir en un mundo donde el conocimiento es el principal motor del desarrollo.
La verdadera pregunta no es cuántas escuelas tiene el país. La pregunta correcta es otra: ¿Cuántas escuelas verdaderamente capaces de formar ciudadanos preparados para el siglo XXI tiene la República Dominicana? Responder a esa pregunta exige valentía política, planificación estratégica y una visión de futuro. Porque en educación, como en la vida, a veces menos puede significar mucho más.
Sobre el autor:
Es General ® de la Policía Nacional, graduado en Seguridad Pública y Alto Mando policial en la Academia de Ciencias Policiales de Carabineros de Chile, Ciencias Políticas y Gestión Pública en el Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y es Licenciado en Administración de Empresas.

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